Nicolás Vidal Manzanera
Nicolás Vidal Manzanera

Pros y contras de diversificar tu cartera

La diversificación es una estrategia de inversión que trata de mitigar las posibles pérdidas distribuyendo el riesgo entre diversos sectores, países, clases de activos o instituciones de inversión colectiva. Se basa en la premisa básica de «no poner todos los huevos en la misma cesta», de modo que está diseñada para evitar las pérdidas. De ahí que otra de sus características sea que no exprime las ganancias.

Es lógico que expertos como Warren Buffet, quien la define como una «protección contra la ignorancia», critiquen la diversificación, ya que él ha amasado su fortuna a partir del conocimiento obtenido a partir del análisis concienzudo de empresas y sectores concretos. Equipara, pues, la diversificación a un enfoque pasivo, según el cual el inversor se limitaría a repartir el riesgo, y no a conocer los fundamentos que respaldan cada título. De hecho, el éxito del director ejecutivo de Berkshire Hathaway se ha basado en seleccionar cuidadosamente las asignaciones de su cartera.

Por lo tanto, la diversificación no sería la estrategia ideal para un inversor que cuente con conocimientos amplios y especializados y que confíe en sus propias decisiones, sino para alguien que no quiera implicarse demasiado en la gestión de su cartera. Al fin y al cabo, a mayor diversificación, más complicada se vuelve esa gestión y más urgente es la necesidad de contar con un asesor externo, con lo que ello implica en cuanto a comisiones.

En efecto, el coste es otro de los argumentos en contra de la diversificación. Quizá un inversor poco experimentado esté dispuesto a pagar un elevado precio a fin de reducir el riesgo de su cartera. Ahora bien, el coste final dependerá del número de transacciones, conque una estrategia activa no diversificada también puede acarrear numerosas comisiones si no está bien gestionada.

Otro rasgo distintivo de la diversificación que choca frontalmente con las ideas de Buffet ­­­—y es su principal crítica— es la imposibilidad de estar al día de todas las clases de activos, sectores, etcétera. Es decir, repartir el riesgo equitativamente es una forma de despreocuparse por saber en qué se invierte. En cambio, concentrar la exposición en un puñado de títulos obliga a conocerlos al detalle.

Sin embargo, no deben menospreciarse las ventajas de contar con una cartera diversificada. Como se apuntaba más arriba, las pérdidas sufridas en un sector pueden mitigarse con las ganancias de otro. En este sentido, invertir en la cesta de títulos de un índice de referencia amplio —o directamente en un fondo de inversión que replique uno— es una forma sencilla de sortear los riesgos a un coste muy bajo, un aspecto que no es baladí. Es cierto que con la inversión activa se pueden lograr mayores rentabilidades, aprovechando las ineficiencias de los mercados, pero seguir un índice de prestigio ofrece ciertas garantías de que no se va a perder dinero. Sirva como ejemplo el S&P 500 estadounidense, que, efectivamente, en períodos móviles de cinco o más años casi siempre se ha revalorizado.

Además de lo dicho hasta ahora, es posible que la opinión del Oráculo de Omaha esté algo sesgada, porque sus inversiones se orientan, sobre todo, a los Estados Unidos. A diferencia de lo que ocurre allí, la bolsa española está muy concentrada en algunos sectores y carece de representación en muchos de los que están despuntando recientemente. El IBEX 35, índice selectivo del mercado continuo español , depende en buena medida de la banca y la energía y adolece de falta de representación de grandes tecnológicas; como ocurre, por otro lado, en toda Europa.

En conclusión, la diversificación puede ser un principio irrenunciable para los inversores menos implicados en la gestión de su cartera y más reacios al riesgo. En cambio, la rechazarán aquellos que prefieren estudiar a fondo las empresas en las que invierten y que basan sus previsiones en indicadores en lugar de en probabilidades.